25 de enero de 2017

Sale a luz la triple clandestinidad vivida por Pablo Neruda en Italia


EL MOSTRADOR
25 de enero de 2017

por Eduardo Labarca


En su libro Pablo y Matilde en la patria del racimo, José Goñi acaba de revelar aspectos desconocidos de la vida rocambolesca que el fugitivo Pablo Neruda llevó en Italia a comienzo de los años 50 del siglo pasado. “Patria del racimo” bautizó el poeta a la región de Nápoles y la isla de Capri plagada de viñas, donde transcurren las escenas de este libro.

Hace 68 años, perseguido con saña por un rencoroso presidente Gabriel González Videla, Neruda salió de Chile por la cordillera tras doce meses de clandestinidad, una hazaña que inspiró la película Neruda de Pablo Larraín. En su libro, Goñi sigue al poeta fugitivo desde su espectacular reaparición en París, donde lo recibieron Picasso, Louis Aragon, Paul Éluard, Ilya Ehremburg y otros grandes artistas de aquel tiempo... Hay sin embargo una diferencia esencial entre ambas recreaciones. El Neruda de Larraín es un personaje de ficción en quien sus amigos sobrevivientes no reconocen al Pablo verdadero. En cambio, el Neruda de Goñi vibra con la carne y la sangre del poeta como fruto de una paciente investigación realizada en terreno por el autor cuando era embajador en Italia, y su compenetración con la época, los hechos, los personajes.

Con esta obra apasionante, Goñi, actual embajador de Chile en Suecia, se suma a la pléyade de escritores-diplomáticos de nuestro país inaugurada en el siglo XIX por Alberto Blest Gana, el padre de la novela chilena, quien fuera embajador en Washington, Londres, París y la Santa Sede. En el siglo XX, la lista estuvo encabezada por Gabriela Mistral, cónsul itinerante, y por el propio Neruda, cónsul sucesivamente en Ceilán, Batavia y Java; en Buenos Aires, Barcelona y Madrid; en París, a cargo de la inmigración de los exiliados españoles que él embarcó a Chile en el legendario Winnipeg; más tarde cónsul en México y finalmente embajador en París, nombrado por Salvador Allende. En esos mismos años, Allende designó embajador en Suecia al escritor Luis Enrique Délano, con la misión de propiciar el Premio Nobel que la Academia Sueca otorgó, como se esperaba, a Pablo Neruda. En la lista de los escritores-diplomáticos durante el gobierno allendista, figuran también el poeta Huberto Díaz Casanueva, embajador ante la ONU; el poeta Armando Uribe, embajador en China; Jorge Edwards frustrado encargado de negocios en Cuba; y agregados culturales como Fernando Alegría y Gonzalo Rojas...

El libro de José Goñi ha sido publicado por la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica bajo el género novela. ¿Novela? En realidad se trata de un libro de género híbrido, en el que se entrelazan tres líneas narrativas: a) En clave de ficción, pero una ficción apegada estrictamente a los hechos, documentos y testimonios, Goñi nos hace compartir la azarosa vida de Pablo y su amante Matilde en Italia. b) En clave de crónica, José Goñi nos describe sus propios pasos, el recorrido que emprendió en sus tiempos de embajador en Roma por los lugares en que Neruda había transitado cinco décadas antes. c) En clave poética, Goñi va intercalando fragmentos de Los versos del Capitán, el magnífico libro de amor a Matilde que el poeta iba escribiendo, citas que enriquecen la ficción y la crónica, iluminándolas.

El poeta había sido despojado de su cargo de senador como resultado del ensañamiento de González Videla, quien lanzó una furibunda persecución contra el Partido Comunista que le había dado sus votos. Se iniciaba la guerra fría, y el presidente chileno, eximio bailarín de samba a quien le gustaba que lo llamaran “Gabito”, estaba convencido de que la tercera guerra mundial estallaría de un momento a otro. Al reprimir a los comunistas, que en un conflicto se alinearían previsiblemente con la Unión Soviética, pretendía sumarse por adelantado al campo occidental que sería encabezado por Estados Unidos. En esas circunstancias, Neruda, cuyos pasos eran seguidos por tres pintorescos agentes chilenos de Investigaciones, arriba a Francia y luego a Italia, donde al poco tiempo viene a acompañarlo secretamente Matilde Urrutia.

Tanto en Francia como en Italia, los comunistas e intelectuales reciben a Pablo Neruda en gloria, mientras los grupos conservadores lo presentan como un agente del comunismo soviético, hasta el punto que los gobiernos de ambos países ordenarán sucesivamente su expulsión. En Italia, ayudado por sus amigos, el poeta se sume por segunda vez en la clandestinidad, pero finalmente es capturado en el sur por la policía italiana y enviado en tren hacia Roma para ser expulsado del país, pero... Uno de los capítulos más vibrantes del libro de Goñi describe el momento en que Pablo Neruda es recibido en la Estación de Termini, de la capital italiana, por una muchedumbre de intelectuales y ciudadanos que copan el espacio, rodean al poeta, paralizan los trenes e impiden a los agentes el cumplimiento de su misión. Ante la situación incontrolable, el ministro del Interior se ve obligado a suspender la expulsión y Neruda puede quedarse en Italia, aunque bajo el peligro de ser deportado en cualquier momento, lo que lo obliga a sumergirse.

En compañía de la actriz Patricia Rivadeneira, agregada cultural, el embajador Goñi, autor y personaje de su propio libro, siguió las huellas dejadas por Neruda en ese país, conversó con cada uno de los amigos sobrevivientes del poeta, recorrió las calles empedradas por donde caminara Neruda, estuvo en los hoteles y casas donde se alojó, los bares y restaurantes que frecuentaba.

José Goñi nos muestra a un Neruda que, clandestino en Chile y clandestino en Italia, vive una tercera clandestinidad, pues ha ocultado a su esposa, la argentina Delia del Carril, la Hormiga, quien se ha quedado en París, su amor secreto con Matilde Urrutia, a la que había conocido en México. Los recuerdos de los amigos entrevistados muestran a un Neruda sencillo y humano, diferente del “Buda” que nos ha pintado Alejandro Jodorowsky: un Pablo incapaz de aprender a nadar a pesar de los esfuerzos que hace Matilde para que flote entre las olas; un Neruda cocinero que compite acerca de las infinitas formas de preparar la cebolla; un Pablo con explosiones de mal genio hacia Matilde, que se excusa en El pozo, poema de dolorosa reconciliación:

No me temas / no caigas / en tu rencor de nuevo. / Sacude la palabra mía que vino a herirte / y déjala que vuele por la ventana abierta. / Ella volverá a herirme / sin que tú la dirijas / puesto que fue cargada con un instante duro / y ese instante será desarmado en mi pecho. / Sonríeme radiosa / si mi boca te hiere, / no soy un pastor dulce / como en los cuentos de hadas, / sino un buen leñador que comparte contigo / tierra, viento y espinas de los montes. / Ámame, tú, sonríeme, / ayúdame a ser bueno, / no te hieras en mí, que será inútil / no me hieras a mí porque te hieres.

En un fragmento de la crónica incorporada a su novela, José Goñi nos ofrece los detalles hasta ahora desconocidos del trascendental encuentro entre Pablo Neruda y Gabriela Mistral, en Nápoles, donde ella era cónsul de Chile. Aunque representante del gobierno de González Videla, que perseguía a Neruda, Gabriela solidarizaba públicamente con el poeta. Fulvia Trombadori, única testigo de la entrevista, relata los pormenores de esa reunión y lo que ese día se dijeron los dos poetas chilenos que marcaron el siglo.

Instalado con Matilde en la isla de Capri, Pablo Neruda pone término a Los versos del Capitán, pero dada la triple clandestinidad que vivía, el poemario se publica en forma anónima en solo 44 ejemplares en una imprenta de Nápoles. Cada ejemplar está destinado a uno de los buenos amigos que le guardan el secreto. En la lista figuran el poeta y novelista Salvatore Quasimodo, quien igual que Neruda recibirá el Premio Nobel; el pintor y notable escritor Carlo Levi; el gran pintor Renato Guttuso; el famoso cineasta Luchino Visconti; el escritor ruso Ilya Ehremburg; el poeta turco Nazim Hikmet; los comunistas legendarios Palmiro Togliatti y Pietro Ingrao; Giorgio Napolitano, futuro presidente de Italia. Diez años más tarde Neruda reconocerá la paternidad de aquellos versos...

Ese mismo año, 1952, la orden de detención contra Pablo Neruda queda en Chile sin efecto y el 12 de agosto el poeta es recibido en Santiago en un homenaje multitudinario en la Plaza Bulnes, frente al Palacio de La Moneda donde aún permanece el presidente González Videla. Los participantes agitan retratos de Neruda y de Salvador Allende, que se estrena como candidato a la presidencia en la elección que tendrá lugar tres semanas después. 
 

En 2002, medio siglo más tarde, el embajador José Goñi cumple una proeza que se describe detalladamente en el libro: consigue que en la misma imprenta de Nápoles, con los tipos originales y con máquinas antiguas que es preciso resucitar, y con tintas y papeles similares a los de aquellos 44 ejemplares, se lance una primorosa edición conmemorativa del cincuentenario de Los versos del Capitán.

Dramas cruzados entre Chile y Cuba

EL MOSTRADOR

11 de enero de 2017

por Eduardo Labarca


            En 1973 Néstor Díaz de Villegas, poeta cubano conocido por sus iniciales NDDV, dejó a Fidel Castro con la mano estirada, sin imaginar que lo esperaban años terribles en los que Chile se cruzaría en su camino. El comandante visitaba Cienfuegos en compañía del gobernante alemán Erich Honecker y se saltó las vallas para saludar a los alumnos del colegio preuniversitario José Luis Estrada, entre ellos Néstor, quien recuerda:

“Cuando estuvo enfrente de mí, me miró y estiró una mano mecánicamente. Yo rehusé estrecharla, no por temeridad o desprecio, aunque ya entonces adolecía de ambas cosas, sino por pura curiosidad entontecida... Sus ojitos vacíos se fijaron en los míos por una fracción de segundo. Sus manotas eran finas, cerúleas, con uñas demasiado largas y sucias. Los dientes eran amarillos... Nos quedamos mirándonos una eternidad. Quiero creer que Fidel se asombró de que yo no le diera la mano. Creo que lo leí en la más recóndita recesión de sus pupilas.”

Cuando reunían a los alumnos para que escucharan un discurso de Fidel Castro, Néstor se escabullía, pues desde siempre había sido “irreverente”, un calificativo que a él mismo le causa gracia. En jerga política, se le consideraba “desafecto”.

            El 14 de octubre de 1974, al año siguiente de su desaire a Fidel Castro, Néstor Díaz de Villegas fue “invitado” por dos compañeros “a una reunión inaplazable” en la oficina del Ministerio de Educación: una trampa, allí fue detenido. NDDV cuenta que en ese momento “la sangre me abandonó el cuerpo, sudé copiosamente y me flaquearon las piernas. Así atravesé el patio de la antigua mansión convertida en ministerio, y así caminé por un zaguán recubierto de mosaicos hasta alcanzar la salida. Esa trayectoria, que me pareció interminable, ocurrió bajo las miradas acusadoras de maestros y funcionarios.”

Los agentes de seguridad registraron los cuartos y rincones de su casa durante cinco horas y cargaron papeles, libros y objetos, pero la única prueba acusatoria que encontraron fue un poema en el que Néstor se burlaba del cambio de nombre de la avenida Carlos III de La Habana por el de avenida Salvador Allende, titulado Oda a Carlos III:


Las lluvias han roído tus ojos de piedra
tus oídos
tus labios de mármol
y no puedes ver ni oír el espectáculo
de la chusma
que viene a derribarte de tu pedestal
en nombre de un extraño.


Chile entraba de ese modo en la vida de NDDV, quien hoy evoca sus primeros tiempos como prisionero de dieciocho años: “Durante ese mes sentí terror, desesperación, remordimiento, y quizás hasta un poco de orgullo”. Añade: “Perdí el sentido del tiempo, no supe si era de día o de noche... Mi visión del futuro, mi aspiración a una carrera en lenguas clásicas, terminaron abruptamente”.

En el juicio al que fue sometido, cuatro testigos, entre ellos la presidenta de la federación de estudiantes, lo acusaron del delito de “diversionismo ideológico” por haber hecho circular entre algunos alumnos el poema “contrarrevolucionario” y haberse escapado de los discursos de Castro. Marcia, la fiscal, pidió para él doce años de cárcel. El tribunal fue magnánimo: lo condenó a seis.

La condena por un supuesto “insulto” al Presidente chileno muerto en La Moneda contrasta con la actitud tolerante que Salvador Allende tenía hacia quienes lo criticaban o incluso injuriaban. “A mí me han dicho de todo, salvo ladrón y maricón”, se reía en un tono que hoy nos suena homofóbico. Solo una vez Allende se querelló contra un periodista, Rafael Otero Echeverría, “el Enano Otero”, quien lo había acusado de defender los intereses del Perú en un diferendo con Chile. Allende ganó el juicio pero el Enano no fue preso. En otra ocasión, cuando el mismo Otero publicó una intriga contra su hija mayor afectada por una discapacidad motora, Allende, boxeador aficionado, le rompió la nariz en un baño del Senado. Curiosamente, Otero había viajado a Cuba y, chupándole los calcetines a Fidel Castro, había conseguido que este lo pusiera a la cabeza de la agencia cubana Prensa Latina en Chile. Allende, que conocía el talante mercenario del periodista, reaccionó con incredulidad. Al poco tiempo el Enano Otero abandonó Prensa Latina sin rendir cuenta de los dineros recibidos y se convirtió en adalid de la campaña del terror contra Allende y la izquierda chilena. No hay dudas de que ante un poema de ese tipo Allende se habría reído, sin pretender jamás encarcelar a su autor, ni menos a un muchacho.

En enero de 1975 Néstor fue internado en el presidio de Ariza, donde quinientos presos políticos permanecían aislados de la sociedad cubana, sin que el público supiera nada de ellos ni se permitieran visitas de representantes de la prensa u organismos internacionales. Néstor quedó en un grupo de presos veteranos que cumplían largas condenas, siendo el único cuya vida había transcurrido solo bajo el gobierno de Fidel Castro. Allí, en la caseta en que los presos veían la televisión oficial, tuvo lugar su segundo encuentro con Chile.

Esa tarde repetían las famosas imágenes del Estadio Nacional de Santiago donde los presos políticos aparecen en las graderías. Mientras los cubanos permanecían aislados vistiendo toscos uniformes carcelarios de fabricación soviética, los chilenos se veían con sus ropas normales al aire libre. Néstor recuerda:

“Los veinte o treinta reclusos que miraban el televisor intercambiaron miradas de asombro. Desde los bancos del fondo llegaron murmullos, y de pronto se levantó una carcajada. El guardia fue a apostarse junto al televisor y desde allí fijó su mirada amenazadora en el grupo de televidentes. En ese preciso momento entendimos. Fue un entendimiento mutuo. El guardia comprendió que lo que mirábamos maravillados en el viejo televisor ruso era un atisbo de libertad y nosotros fuimos los testigos de su iluminación... Lo que nosotros veíamos eran personas en plena posesión de su humanidad, de unos derechos básicos que a nosotros nos habían sido arrebatados. Aún pereciendo, esas personas ganaban, morían victoriosas. Habían sido contadas, televisadas, absueltas, humanizadas.”

Ciertamente, había una dosis de espejismo en la percepción de los presos cubanos. Esas imágenes correspondían a la filmación que la dictadura chilena había autorizado en un vano intento por mejorar su imagen, y excluían la enfermería y el velódromo convertidos en centros de torturas, los túneles del estadio donde se efectuaban los fusilamientos y lo que sucedía en decenas de centros secretos de flagelaciones, exterminio y desapariciones forzadas a lo largo del país. Con todo, un hilo invisible vinculaba esa tarde a los presos de Ariza y los antiguos presos del Estadio Nacional...

NDDV describe el presidio de Ariza: “Estaba rodeado de marabusales, que son arbustos espinosos. Tenía cuádruple cerca de púas, con guardias con perros pastores que circulaban entre las cercas interiores y exteriores. Ocho garitas lo rodeaban, y tenía un campo de trabajo anexo, donde construíamos postes de electricidad de hormigón armado. Ese campo de trabajo también estaba provisto de cercas y garitas. Los baños no tenían techos, y una garita miraba directamente a las duchas y los retretes.”

Los testimonios de los presos de la dictadura chilena abundan también en descripciones de las alambradas, garitas, baños y del terreno minado que rodeaba el campo de concentración de Chacabuco. En su libro Tejas Verdes, Hernán Valdés evoca el grito de un militar: “¡Tienen tres minutos pa’ la corta y la larga y pa’ lavarse!”. Valdés relata: “Los WC son una hilera de casuchas montadas sobre un pozo rectangular. Los asientos están hechos de cajones con una abertura ovoide, chorreados de mierda y mojados de orines. El olor es venenoso. La mierda forma abajo un grueso pantano burbujeante”.

En los años que pasó en Ariza junto a abogados, diplomáticos, escritores, maestros, médicos condenados, NDDV leyó obras de Gramsci de la biblioteca del campo y libros de autores no permitidos que circulaban clandestinamente. Se organizaban grupos en que unos presos impartían a otros clases de francés, inglés, teoría freudiana, y hasta clases de hebreo y de cine... Por esos días, en los campos de prisioneros de Chile también había clases de idiomas, filosofía, economía e incluso, en Chacabuco, de astronomía bajo el límpido cielo de la pampa. Y mientras NDDV seguía cumpliendo su condena, cientos de exiliados chilenos, algunos salidos de los campos de concentración, eran acogidos en Cuba, donde recibían vivienda, trabajo, atención de salud, posibilidades de estudio...

Mientras los presos olvidados de Ariza vivían su tragedia, para los carnavales la famosa Conga del Barrio de Los Hoyos de Santiago de Cuba avanzaba rítmicamente por las calles rindiendo homenaje a la memoria de Salvador Allende al compás de sus tambores, quintos, campanas y trompetas chinas. La “invasión” de la muchedumbre danzarina se desbordaba por la ciudad. Hasta hoy los cubanos repiten su fraseo:


SOLISTA:
¡Allendeeeeee!...
¡Allendeeeeee!...
Tú tienes una forma de mandar un poco extraña...

CORO:
Murió Salvador Allende
Y eso que era buena gente
Mataron al Presidente
Lo mataron por valiente
Y al imperialismo yanqui
Le vamo’ a sacar los dientes...

¡Allendeeeeee!...”


Habiendo cumplido cinco años de su condena, NDDV fue liberado junto a otros presos políticos de una lista presentada al gobierno cubano por el presidente estadounidense Jimmy Carter, quien se esforzaba por normalizar las relaciones con Cuba, una iniciativa que abortará cuando sea derrotado como candidato a la reelección por Ronald Reagan.

Néstor Díaz de Villegas vive actualmente en Los Angeles, California, donde al enterarse de la muerte de Fidel Castro escribió:


Fidel ha muerto. No hay un átomo, un ápice, un minuto, una célula, un milímetro de mi vida que no tenga que ver con Fidel Castro, que no sea de Fidel Castro. Tampoco sé si hay alguna diferencia entre Él y yo. Pertenezco a su era, a su Historia, a su duración. Soy yo el que muero, me cremarán mañana. Incineran algo, una libra de carne mía, en la pira funeraria del tirano.”